26 agosto 2026

¿Para qué estudiar un idioma diferente al de nuestra lengua materna?

Desde que se encuentra al alcance de la mano la inteligencia artificial -y otros artefactos sumamente interesantes - pareciera que ya no se necesita aprender un idioma nuevo. Si bien las traducciones automáticas directas pueden sonar literales o perder matices culturales, dobles sentidos y juegos de palabras propios de la obra original, existen lectores electrónicos, aplicaciones, ia generativa, en fin, traductores en general, cada vez más potentes capaces de traducir hasta libros enteros. Existen incluso traductores que por la vía de un aparato nos permiten, con algunas limitaciones  intervenir en una conversación en tiempo real. 

Hay, sin embargo, una razón muy importante para estudiar idiomas que no tiene que ver con la eficacia, la eficiencia ni la efectividad de la traducción.  Para comprenderlo es preciso tomar prudente distancia de un esquema de pensamiento típico de nuestra época histórica: el pensamiento propio de la razón instrumental advertido por Adorno y Horkheimer. El problema no sería la razón en sí misma, sino una determinada forma de racionalidad – la razón instrumental - que pregunta fundamentalmente "¿cómo puedo controlar, calcular y utilizar esto?", "¿Para qué me sirve"?, "¿cuán eficiente es el resultado alcanzado"?, "¿cómo se obtiene más rápido?".

Tal como sostenía Heidegger en sus famosos seminarios sobre ciencia y técnica, "la ciencia moderna no piensa, calcula". El río deviene recurso hídrico, el bosque reserva forestal, el hombre recurso humano. Inclusive, lo que podría ser asumido como puro paisaje -un río, por ejemplo- se representa como objeto de visita establecido por una agencia de viajes que ha instituido una industria para turistas. Al convertir el conocimiento científico en un saber al servicio del lucro, cualquier objeto es reducido a Bestand (stock, ente como fondo de reserva, depósito): algo calculable, almacenable, vendible, explotable. Emplaza al ente como reserva para el mercado, dejando de ser objeto de episteme, ciencia en sentido originario y amplio, para ser Ge-stell (dispositivo). Bajo esta lógica, la traducción viene a ser un instrumento para la comprensión de textos en otra lengua, un dispositivo de conocimiento.

Sin embargo, ¿no será que en el fondo el problema es cómo vemos lo que vemos?   

Podría a continuación enumerar todo aquello que no nos permite el traductor, por ejemplo: no traduce la ironía, la chicana, ni el doble sentido (hay chistes que solo existen en italiano) todo lo cual es parte de la fuerza viva de un idioma. Además, la excesiva dependencia de la traducción nos hace llegar siempre tarde a la jugada social. Por otra parte, los traductores automáticos traducen textos, no intenciones. No obstante, dejando de lado estas -quizá importantes - excepciones, en términos prácticos y desde el punto de vista de la razón instrumental podremos concluir con cierta seguridad que hoy día estudiar un idioma es algo completamente improductivo. 

Salvo por lo siguiente:

El traductor no produce placer de pensar en francés (o en cualquier otro idioma que nos guste). El traductor nos taponea la espectacular experiencia de pensar y vivir en una cultura diferente de la nuestra.